La cuarta estacion

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Tuvimos que tomar una carretera muy corta que nos llevaba hasta la casa de los Smilert, como no sabíamos con exactitud donde estaba, compramos un mapa de la ciudad y nos guiamos de ahí. En el trayecto, Cristian busco muchas tomar mis manos, incluso sin darme cuenta las tomo entre la suya, hasta que llagamos a la mansión Smilert.



La mansión Smilert

La Mansión Smilert le hacia en un gran honor a su nombre, pues era como un castillo de esos antiguos, con ventanales, grandes muros y altas bardas, cubiertas por flores o enredaderas, que la adornaban.

A lo lejos la mansión, se veía hermosa y bien podía ser salida de un cuento de hadas, conforme el auto se acercaba el mar que se veía a la espalda de la mansión perdía su esplendor, para abrirle paso a la total admiración de la mansión, un camino largo y lleno de flores de todo tipo y color.

Sus paredes estaban cubiertas por enredaderas que se pegaban a ella dándoles una apariencia de estar hechas de hojas, los ventanales que daban a la entrada tenían una fachada antigua pero a la vez muy actual con la arquitectura moderna de Portugal.
El camino que llevaba a la entrada de la mansión, era un camino empedrado lleno de flores de todo tipo, pero las que más se hacían presentes eran la buganvillas rojas y moradas, que le daban un toque mágico aquella mansión.

Los autos de los invitados hacían una gran fila que llegaba hasta el zaguán negro de la entrada principal de la mansión. Uno hombres esperaban a los invitados y los llevaban hacia el jardín trasero de la mansión en donde se celebraba la boda.

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