viernes, 9 de marzo de 2007

EL NUEVO ADN DE LA TORTILLA

only the best in line. Wellcome to my space ESTO LO TOME DE LA REVISTA SPUTNIK
CHEKENLO DE VERDA QUE ETSA INTERESANTE ADEMAS ESCRIBE sALVADOR QUE MEJOR JAJAwww.sputnik.com.mx

por: Salvador Leal
Recientemente, en México sufrimos una pequeña crisis alimentaria. Una mañana despertamos para descubrir que el precio de la tortilla de maíz había subido hasta niveles francamente escandalosos; hasta dieciocho pesos llegó a cotizarse el kilo (sin papel) de tan preciado alimento. Todos los actores políticos y económicos comenzaron a buscar culpables: el etanol, los especuladores y/o la poca soberanía alimentaria de nuestro país. Pero casi nadie propuso soluciones. De hecho, la solución es una: tecnología. Biotecnología.

El aumento en el precio del maíz no es nada nuevo. Durante el último año, este importante insumo aumentó hasta en un 90% su precio en el mercado de “commodities” de Chicago, y aquí en México ha llegado a estar hasta en 2,500 pesos la tonelada, casi mil pesos más que al inicio del año pasado. Dicho aumento se debe a que ahora, el maíz no sólo sirve para hacer tortillas y tamales (en el caso del maíz blanco) o como alimento para animales y fructosa (si es maíz amarillo), sino que también funciona para elaborar un combustible conocido como etanol. El etanol puede utilizarse solo, como combustible para los automóviles o como añadido a la gasolina; también puede mezclarse con gasolina para reducir el consumo de derivados del petróleo. Esto significa que sembrar y cosechar maíz amarillo se está convirtiendo en una actividad muy parecida a sembrar y cosechar barrilitos de petróleo.
Pero esto también implica que ahora el maíz no sólo enfrenta la demanda natural que tienen los granos para satisfacer las necesidades alimenticias de una población mundial creciente. Ahora también recibirá la presión de ser una parte importante en la elaboración de bioenergéticos. En México, la disyuntiva es simple pero contundente: producir internamente más maíz para evitar su encarecimiento y así podérnoslo comer, o conformarnos con comprar el maíz a otros países a precio de combustible.
Producir más cantidades de maíz podría sonar a una tarea complicada, pero actualmente existe la tecnología disponible para aumentar la productividad de las personas que siembran y cosechan este cultivo. La respuesta se encuentra en técnicas utilizadas desde que el hombre comienza con actividades agrícolas pero que ha alcanzado un nivel de especialización enorme gracias a los avances científicos: la modificación genética mediante procesos de biotecnología.
Súper cultivos
La biotecnología agrícola ha tenido éxito en crear y cultivar plantas que permiten obtener importantes mejoras en la productividad de ciertos cultivos básicos como el maíz, la soya, la canola y el algodón. Los alimentos modificados genéticamente (también conocidos como transgénicos) son organismos cuyo material genético ha sido alterado de manera artificial para mejorar sus características, como pueden ser cultivos con periodos más lentos de maduración, lo que permite que el producto pueda llegar fresco al supermercado. También pueden ser más flexibles ante los cambios de temperatura, tener mayor resistencia a insectos y enfermedades virales que dañan el cultivo o la radical reducción del uso de insecticidas y agroquímicos en las parcelas donde se cultivan, lo cual genera enormes beneficios para el medio ambiente.
Actualmente existen varios productos agrícolas que ya hacen uso eficiente de la biotecnología. El algodón BT (llamado así pues está basado en la proteína cristal de la bacteria bacillus thuringiensis) ha disminuido hasta en un 87% la aplicación de pesticidas trayendo no sólo beneficios ecológicos sino también un aumento económico por hectárea gracias a la producción de fibra de mejor calidad. La bacteria bacillus thuringiensis produce proteínas tóxicas a insectos y es utilizada actualmente en el algodón cultivado en Chihuahua, Baja California y la región de La Laguna para evitar la presencia del denominado “gusano rosado” (Pectinophora gossypiella).
En Zamorano, Honduras, una localidad dedicada como zona de pruebas en donde se ha comenzado a cultivar maíz BT, se ha registrado un aumento del 34% en el rendimiento de tonelada por hectárea cultivada. En cuanto al uso de insecticidas, la disminución ha sido del 80% teniendo incluso localidades donde antes se utilizaban dos aplicaciones y actualmente los cultivos están libres de plaguicidas. En el caso de Honduras, la utilización del maíz BT ha significado para los campesinos que lo utilizan menor uso de plaguicidas y menos contaminación y exposición a la contaminación por parte de los trabajadores. Al haber menos uso de plaguicidas, los costos han disminuido; si a eso le agregamos que el rendimiento por hectárea ha aumentado, los campesinos han recibido una mayor utilidad por sus cultivos.
Los organismos genéticamente modificados también han contribuido a la mejora de los procesos de producción de los alimentos, como es el caso de la elaboración de levadura mejorada que facilita la digestión del pan para consumo humano, así como el uso de la quimosina en el proceso de manufactura de quesos donde anteriormente se requería del sacrificio de reses para completar su proceso de cuajado.
Sin embargo, la importancia de la biotecnología no se limita al sector agrícola. Los organismos genéticamente modificados han sido fundamentales en la manufactura de productos de belleza y cosméticos, el campo de la medicina y la producción de insulina, con lo que la biotecnología ha sido directa responsable de salvar millones de vidas alrededor del planeta.
El peligro de las ideas viejas
A lo mejor vas leyendo hasta aquí y piensas: “bueno, todo esto tiene sentido… pero a mí me habían dicho que consumir alimentos transgénicos era como comer elementos radioactivos que terminarían sacándome un tercer brazo después de dos semanas”, seguramente has visto comerciales en la televisión en donde se atacan a los alimentos que pudieran estar ‘contaminados’ por efectos de la genética moderna y hasta tu abuelita te ha dicho que tal o cual producto es perjudicial pues “contiene muchos químicos”. Pero no. Resulta que de acuerdo a la evidencia científica actual, no existe un efecto biológico negativo por parte de los cultivos transgénicos, sin importar el mucho ruido y la constante desinformación que pudieran generar grupos ambientalistas. A la fecha, los organismos mejorados genéticamente han probado ser totalmente inocuos, es decir, son productos que no hacen daño a la salud. En nuestro país, la evaluación de la inocuidad de los transgénicos está basada en un análisis integral realizado por las autoridades de la Secretaría de Salud, que evalúa mediante una metodología sistemática y científicamente sustentada que el organismo genéticamente modificado tenga las mismas características y no sea más dañino que la contraparte convencional. Este análisis es similar al que se someten las medicinas y otros alimentos antes de su salida al mercado. Mediante esta evaluación se propone garantizar que un alimento, así como cualquier sustancia que haya sido introducida en él como resultado de una modificación genética, sea tan inocuo como su homólogo tradicional bajo las condiciones de consumo en México.
Con todas estas evidencias, atacar a la biotecnología y sus derivados no sólo implica una inhibición tremenda de los avances tecnológicos que ha logrado la ciencia, sino también negarle a nuestro país la oportunidad de aumentar su capacidad productiva en muchos cultivos… incluido el maíz.
Etiquetar o no etiquetar…
A pesar de que se ha demostrado la inocuidad de los alimentos transgénicos por diversas instancias sanitarias, existen organizaciones que pugnan a favor de etiquetar los productos derivados de organismos genéticamente modificados. Ellos argumentan que el consumidor tiene derecho a saber de dónde vienen los alimentos que se está comiendo y qué procesos ha tenido antes de llegar a sus manos. Debido a ello, dichos grupos han pugnado porque los alimentos transgénicos contengan una etiqueta que los identifique como tales, esto es, que los productos que consumimos y cuyos insumos hayan sido mejorados genéticamente ostenten una leyenda que informe la posible presencia de organismos transgénicos en su elaboración.
Esta leyenda tiene dos problemas fundamentales básicos. Por un lado, si ya se demostró que los transgénicos son inocuos y su contenido nutrimental es igual al de su contraparte convencional, ¿para qué etiquetarlos? No existe ninguna justificación para que una etiqueta diferencie un producto que es igual a otro. Aquí habría que resaltar que quienes exigen un etiquetado obligatorio en los alimentos que contienen derivados de organismo mejorados, aun cuando éstos sean inocuos y no presenten diferencias con su contraparte convencional, sólo tienen por objetivo el engañar al consumidor y evitar el consumo de dichos productos, ya que existe una percepción en la opinión pública de que el concepto ‘transgénico’ es algo dañino y peligroso. De hecho, incluir un etiquetado para estos alimentos constituiría el último paso en una serie de esfuerzos que han tenido por objetivo el desprestigiar a los organismos genéticamente modificados y mostrarlos a la opinión pública como peligrosos e inseguros.
Sin embargo, existe otro problema aún más grande que éste. Y es que el etiquetar los alimentos que incluyen transgénicos va mucho más allá que el poner una simple etiqueta en los productos. Hacerlo implicaría llevar a cabo procesos de evaluación, certificación, separación, limpieza, revisión y procesamiento exclusivo de granos modificados genéticamente; es decir, habría que separar y diferenciar los cultivos transgénicos y los no transgénicos en todos los eslabones de la cadena productiva, desde las granjas y parcelas hasta los centros de distribución y almacenes, pasando por los denominados elevadores de campo y la transportación de los granos que se producen actualmente.
Esto no es barato, pues actualmente ningún país del planeta separa sus cultivos de esa forma, y se ha calculado que los costos provocarían un aumento de entre un 35% y un 41% en los precios de los alimentos. Y no sólo del maíz y la soya o de sus productos primarios como las tortillas y el aceite, sino también de todos aquellos productos que utilizan estos insumos, como el alimento para animales de engorda. Al final del día, etiquetar los alimentos que pudieran contener transgénicos significaría un aumento del 19% en el precio de la carne de pollo, del 26% en la carne de becerro, 19% en la carne de cerdo, 10% en el precio del huevo y del 6% en la leche. Nada más por esos productos, la inflación de nuestro país crecería 2% adicional.
El Futuro del Maíz
Pero si la biotecnología tiene tantos beneficios, está tan controlada y permite avances en la productividad del campo, entonces ¿por qué tenemos el problema actual de las tortillas a un precio altísimo? Resulta que en México, el maíz es sagrado. Casi tan sagrado como el petróleo y la luz.
Desde tiempos prehispánicos, los antiguos mexicanos tenían una estrecha relación con este cultivo, tanto así que nos denominábamos a nosotros mismos como ‘Hijos del Maíz’. Esto no es ninguna exageración ni coincidencia si tomamos en cuenta que nuestro país es centro de origen y región de mayor diversidad de variedades de maíz del mundo y donde se ubican sus parientes silvestres más cercanos. Pero en lugar de que eso nos motivara a ser el país en donde se den los mayores avances en producción de este grano, ha provocado que nuestro gobierno haya conservado el maíz como en un museo evitando su evolución y mejoramiento.
Desde hace varios años, en México existe una moratoria para la siembra de maíz transgénico; es decir, el maíz que se siembra y se cosecha en México no puede tener mejoras genéticas. No importa si el resto del planeta produce un maíz de altísima calidad y lo hace de manera eficiente, no importa si el maíz que producimos en nuestro país no se ha desarrollado y eso provoque pobres resultados por hectárea. No importa que no podamos competir con otros productores de granos. No importa si el kilo de tortillas lo tenemos a 18 pesos y los herederos de aquellos ‘Hijos del Maíz’ tienen que ir a comprarlo a otras partes del mundo.
Como usuarios de la tecnología, sabemos que gracias a ella la productividad de nuestro trabajo ha aumentado sustancialmente. No es lo mismo trabajar en un procesador de palabras que permite la corrección e impresión, que realizar una labor similar en una máquina de escribir en donde cada hoja es un original que no permite errores.
La oportunidad de adoptar nuevas tecnologías con el cambio de mentalidad que conlleva está en nuestras manos. Los casos de éxito de la biotecnología nos permitirían augurar un mejor futuro en cuanto a soberanía alimentaria se refiere. Dependeríamos menos de la disponibilidad de granos y cultivos en el resto del mundo pues podríamos cosecharlos aquí con un nivel de eficiencia igual o mayor.
Para evitar que el clásico taquito de sal se convierta en botana de lujo de los restaurantes más caros del país, existe la opción de cultivar maíz transgénico en nuestro país, logrando una cantidad suficiente para abastecer a los millones de mexicanos que disfrutan y se enorgullecen de sus tacos, tostadas y tlacoyos.

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